14.12.09

Anvil



Hay un momento que nunca olvidaré en mi vida como espectador: cuando Anvil -la banda y el objeto de este documental- saborea un pequeño pedazo de felicidad tras una seguidilla de ingratitudes y todos los espectadores de la sala comienzan a aplaudir espontáneamente, como haciendo suya por un rato la alegría de estos rockeros cincuentones. Soy más bien ermitaño en los cines --me molesta me pregunten algo, por mínimo que sea, o que el de al lado coma o que la sala esté muy llena porque el aire se vuelve insoportablemente denso-- pero no pude sino sumarme a aquella bonita demostración de afecto hacia los personajes.

Es cierto que el documental musical existe hace décadas (Woodstock, Gimme Shelter, etc), pero desde hace muy poco que el género ha demostrado ser una real fuente para cine de primera línea, abandonando el nicho y comenzando a sumergirse en las benditas aguas de la emoción universal. Quien quiera que haya visto las conmovedoras The Devil & Daniel Johnston o About a son (sobre Kurt Cobain), por nombrar sólo un par de las estrenadas en el último lustro, sabrá a lo que me refiero: películas dónde la música pasa a segundo plano porque se ha logrado dar con mucho más que una buena historia. Son relatos estremecedores, sendas historias de amor, crónicas de la locura, lecciones de honestidad y, en fin, películas llenas de verdades sobre la condición humana y la vida, que en ellas se devela tan ambigua, agridulce y hermosa.

En esa misma línea camina Anvil! The Story of Anvil, el documental que abrió el In Edit la semana pasada y que se repite hoy sábado a las 19.30, la historia de un grupo metalero canadiense que alcanzó notoriedad durante la primera mitad de los 80 pero que después cayó en el olvido. Sacha Gervasi, un periodista británico que los vio el 82 en Inglaterra, se presentó como el fan número uno y llegó a trabajar como rodie de la banda en varios giras, se rencontró con el grupo veinte años después (que sorprendentemente seguía activo) y comenzó a grabar este documental siguiéndolos en su vida cotidiana, marcada por trabajos de mierda para poder parar la olla (tienen 50 años, esposas, hijos, deudas) y el anhelo todavía incombustible de triunfar algún día en el mundo de la música. Llevan 30 años juntos y pese a que tuvieron sus momentos, vendieron sus primeros discos, lograron influenciar a bandas como Metallica o Slayer, hoy su realidad es otra, una suelte de vuelta a la precariedad adolescente, con tocatas para 20 personas, discos mal grabados, un sitio web que es .tk y no .com. Aunque siempre el mismo cariño por el oficio y la misma fe en que algún día todo saldrá mejor.

Los protagonistas, dos amigos que a los 14 años juraron que iban a estar para siempre en la misma banda de rock, son absolutamente entrañables; su parada no es el típico lloriqueo rockero, esa patudez de creer que el mundo es un mal lugar porque uno se merece más de lo que tiene (el argumento, casi siempre, de los sin talento). El combustible que los mantiene activos está lejos de ser el resentimiento, Es, en cambio, el amor por la música y el oficio, el optimismo (aunque uno sea más escéptico que otro) y es también la creencia de que el camino hacia el final feliz (al que puede que nunca se llegue) vale la pena por sí sólo.

La música, en la película, finalmente no importa tanto. Con el correr del metraje esto se va transofmando en una gigantesca oda a la amistad y a la lealtad. A la perseverancia y al amor propio. Y, también, al cine hecho orgullosamente con corazón.

29.10.09

Aviso

A los tres millones de lectores de este blog les aviso que me cambio a este nuevo lugar. Allá sólo habrá ficción y acá no sé todavía qué.

Un aviso menos importante: pasé a borrar las dos últimas entradas, eran malas así que nadie las extrañará.

19.6.09

Martina

ficción

Pese a que nunca olvidó sus besos cálidos y enormes, a Martina la recordaba más por esa curiosa costumbre que tenía de colgarse al hombro algunas bolsas del supermercado, como si una bolsa fuese una cartera. Así, decía ella, se podía repartir mejor el peso. A él, que nunca le gustó pagar un taxi para volver del supermercado y prefería caminar unas cuantas cuadras haciendo sufrir a sus manos y brazos, le pareció una idea tierna. Efectiva, sí, pero que le generaba más simpatía que otra cosa.

Martina la practicaba así: se ponía primero una bolsa en cada hombro y las restantes las cargaba con las manos. No era algo que ella se jactara haber creado ni mucho menos, sencillamente era de esas cosas que siempre había hecho igual. Que puede que lo haya inventado, sí, pero también podría haberlo aprendido de alguien. Nunca lo sabremos, en parte, porque él nunca se lo preguntó. De hecho, ni si quiera se lo comentó, sólo se limitó a observar el gesto cada vez que lo vió. Muchas no fueron, la verdad. No porque lo acompañara poco al supermercado (de hecho, ella fue con él siempre muy amable y considerada), sino porque la relación duró sólo unos meses. Terminó porque nunca pudieron sincronizar bien lo que sentían. Y aunque Martina lloró el día en que todo se acabó y él lo hizo una semana después, no fue algo que los desarmara. De un modo u otro, se lo esperaban.


A él lo tranquilazó que la muerte de Martina haya sido de manera rápida e indolora ("Muerte súbita por rotura de aneurisma", dijo Google), pero lo descolocó lo repentino. Le dió un dolor, una angustia, pequeña, pero angustia en la boca del estómago. Pensó en cambiar su nick de messenger y ponerse "Martina" durante una semana, a modo de tributo. Pero al segundo le pareció una soberana estupidez y se avergonzó de haber tenido esa idea.

No sabía de Martina hace tiempo. La última vez había sido hace siete meses en un bar. Se vieron apenas dos minutos, pero fueron suficientes para hacer lo de siempre: preguntarse cómo estaban y manifestar alegría por el encuentro.

A Martina la recordaba más por esa curiosa costumbre no porque fuera, digamos, una costumbre demasiado curiosa. Era, sencillamente, porque desde hace 2 años que la practicaba. Le había copiado la idea. Apenas dejaba la propina al empaquetador se colgaba una bolsa en cada hombro, elegía unas no muy livianas ni muy pesadas, y el resto las llevaba con las manos. Cada vez que lo hacía, se acordaba de Martina. No en una manera nostálgica ni romántica: simplemente se acordaba de ella. Por un lapso de tiempo minúsculo se le venía esa imagen de ella con las bolsas.

La tarde que se enteró que Martina acababa de morir, él, con esa angustia, pequeña, pero angustia instalada en su estómago, la recordó ahora sí con mucha nostalgia y romanticismo. Recordó, por su puesto, sus besos cálidos y grandes, pero también los paseos por el parque Los Notros, cuando se reían de los pokemones y de sus peinados; las mañanas de desayuno y flojera; las tardes de helados; las noches de sexo y televisión. Se acordó que le gustaba que su piel fuera distinta a las otras pieles, un poco más áspera. Se acordó también de sus ojos color turqueza y de su falda roja con cuadros. Y de lo buena que era esa combinación.

Le gustó recordar todas esas cosas y la angustia se disipó. Pensó que los recuerdos a veces se disfrutan más que los mismos momentos que se recuerdan . Aquello, pese a lo irónico, le gustó. Se preguntó si es que acaso habría alguien que tuviese esa curiosa costumbre que tenía Martina. Y decidió, muy convencido, que nunca más volvería a colgarse al hombro una bolsa supermercado.

12.6.09






Y sólo se amaban en el mundo virtual.




9.6.09

A.J.

ficción


Asbjorn Jackson me cuenta que cuando conoció a otra chica se dio cuenta de lo mucho que extrañaba a la anterior. Encontró que la nueva daba besos que no eran besos, tenía piernas que no eran piernas y una risa que no era risa. De haberlo sabido antes, me dijo, no la habría dejado ir. Le dije que no había nada que hacer, que a mi me había pasado algo parecido y que luego de un tiempo volví a encontrar unos besos que sí eran besos, unas piernas que sí eran piernas y una risa que sí era risa. Asbjorn se alegró, pero apresuradamente, porque yo no había terminado de hablar. Me faltó decirle que, de todas formas, volví a dejar a la chica.

24.5.09

Despertar

ficción

Eran las 5 am y me sorprendí viendo fotos de un desconocido en Facebook. Venía llegando de una fiesta donde nada muy importante había pasado. Tomé dos whiskeys baratos, conversé con un par de amigos, intenté llamar la atención de una chica guapa y me vine. 

Las fotos eran de un chico colorín. Estaban reunidas en sets: vacaciones en Machu Pichu, licenciatura, amigos, paseos. Se repetía la foto de una chica cuya cara se me hacía familiar. Era muy linda y parecía ser su amiga. Pelo negro, piel blanca, cara risueña, cuerpo estilizado, ropa informal pero estilosa. No había por dónde pensar que podía ser su novia. Uno, porque no aparecían en ninguna actitud amorosa, y dos, porque el chico colorín era bastante feo.

Me dormí pensando en ella y al otro día desperté y lo primero que hice fue tomar el laptop que estaba tirado semi abierto a un costado de mi cama.  Quería ver de nuevo a la chica de pelo negro, piel blanca, cara risueña, cuerpo estilizado y de ropa informal pero estilosa.  Pero no pude. No recordaba cómo había llegado al facebook del colorín, ni tampoco su nombre ni el de la chica. Estuve 30 minutos intruseando en los amigos de mis amigos a ver si podía encontrar al maldito colorín que me llevaría a verla nuevamente. Pero no hubo caso.  Nunca lo encontré. 

10.5.09

Sufrir

El otro día vi Funny Games, la película. Me habían hueviado harto para que la mirara. De hecho, un amigo me la pasó y su DVD llegó a descanzar varios meses en mi repisa. Me había negado porque sabía que era de Michael Haneke. Y pese a que creo que es un director talentoso, en general no me gusta el cine concebido para provocar o perturbar. Esa imagen es la que me crearon películas como La profesora de piano o Caché. Pero sabía que era, de un cierto modo, entretenida, así que un día que quería ver algo que no implicara poner mucho de mi parte --atención, reflexión-- la puse. 

Me gustó como experiencia, pero no como película. Se trata de una familia de clase media (mamá, papá e hijo) que van a su casa en el lago a pasar un fin de semana. Ahí son torturados de una manera muy sofisticada --más sicológica que física-- por un par de jóvenes con pinta de golfistas, que disfruan la tortura como quien disfruta de un juego. La película es inteligente, hay momentos en donde se ríe de sí misma y eso es bueno, porque relativiza las cosas. Pero no deja de ser más que un experimento. No cuenta nada muy significativo y sólo le interesa apretar algunas teclas de nuestro cerebro para que raccionemos. Es heavy la experiencia de verla, obliga a pronunciarnos respecto a nuestro propio morbo, es aterradora y violenta. Pero todo eso se acaba cuando la película termina, y uno se pregunta cual es el sentido de ver algo violento, angustiarse o sufrir.

No soy de los que creen que el cine tenga que hacer bien. No prefiero las películas terapéuticas. Hay películas que te dejan mal, triste, destrozado y que te hacen sufrir, pero son "honestas", no son un artefacto, sino que te están contando algo verdadero. 

Me acuerdo de About a Son, un documental de Kurt Cobain que exhibió el In Edit y que me dejó mal. Así, mal. Era buenísimo. Sin imágenes de Nirvana y sin canciones de Nirvana, sólo con la voz de Kurt como relator de episodios de su vida (sacada de entrevistas que dio durante bastante tiempo a un periodista que le caía bien). Salí del cine apenado, angustiado, triste. Pero me encantó vivir esa experiencia. Sufrir a veces puede tener algo de bonito.

Hace un tiempo, una amiga me contó que cuando su pololo la pateó, sufrió mucho. Al punto que una noche durmió con una polera del  tipo en su almohada. Así, sintiéndole el olor. Ese olor que la acompañó durante muchas noches. En su momento la imagen me pareció masoquista y hasta una tontera de mina pegada que no da vuelta la página. Pero ahora no, esa imagen me gusta. Uno no se puede hacer el leso con el sufrimiento, muchas veces no tiene solución y es algo que hay que saber sobrellevar. Sufrir a veces puede tener algo de bonito.

Ver Funny Games, no.