
14.12.09
Anvil

29.10.09
Aviso
19.6.09
Martina
Pese a que nunca olvidó sus besos cálidos y enormes, a Martina la recordaba más por esa curiosa costumbre que tenía de colgarse al hombro algunas bolsas del supermercado, como si una bolsa fuese una cartera. Así, decía ella, se podía repartir mejor el peso. A él, que nunca le gustó pagar un taxi para volver del supermercado y prefería caminar unas cuantas cuadras haciendo sufrir a sus manos y brazos, le pareció una idea tierna. Efectiva, sí, pero que le generaba más simpatía que otra cosa.
Martina la practicaba así: se ponía primero una bolsa en cada hombro y las restantes las cargaba con las manos. No era algo que ella se jactara haber creado ni mucho menos, sencillamente era de esas cosas que siempre había hecho igual. Que puede que lo haya inventado, sí, pero también podría haberlo aprendido de alguien. Nunca lo sabremos, en parte, porque él nunca se lo preguntó. De hecho, ni si quiera se lo comentó, sólo se limitó a observar el gesto cada vez que lo vió. Muchas no fueron, la verdad. No porque lo acompañara poco al supermercado (de hecho, ella fue con él siempre muy amable y considerada), sino porque la relación duró sólo unos meses. Terminó porque nunca pudieron sincronizar bien lo que sentían. Y aunque Martina lloró el día en que todo se acabó y él lo hizo una semana después, no fue algo que los desarmara. De un modo u otro, se lo esperaban.
No sabía de Martina hace tiempo. La última vez había sido hace siete meses en un bar. Se vieron apenas dos minutos, pero fueron suficientes para hacer lo de siempre: preguntarse cómo estaban y manifestar alegría por el encuentro.
A Martina la recordaba más por esa curiosa costumbre no porque fuera, digamos, una costumbre demasiado curiosa. Era, sencillamente, porque desde hace 2 años que la practicaba. Le había copiado la idea. Apenas dejaba la propina al empaquetador se colgaba una bolsa en cada hombro, elegía unas no muy livianas ni muy pesadas, y el resto las llevaba con las manos. Cada vez que lo hacía, se acordaba de Martina. No en una manera nostálgica ni romántica: simplemente se acordaba de ella. Por un lapso de tiempo minúsculo se le venía esa imagen de ella con las bolsas.
La tarde que se enteró que Martina acababa de morir, él, con esa angustia, pequeña, pero angustia instalada en su estómago, la recordó ahora sí con mucha nostalgia y romanticismo. Recordó, por su puesto, sus besos cálidos y grandes, pero también los paseos por el parque Los Notros, cuando se reían de los pokemones y de sus peinados; las mañanas de desayuno y flojera; las tardes de helados; las noches de sexo y televisión. Se acordó que le gustaba que su piel fuera distinta a las otras pieles, un poco más áspera. Se acordó también de sus ojos color turqueza y de su falda roja con cuadros. Y de lo buena que era esa combinación.
Le gustó recordar todas esas cosas y la angustia se disipó. Pensó que los recuerdos a veces se disfrutan más que los mismos momentos que se recuerdan . Aquello, pese a lo irónico, le gustó. Se preguntó si es que acaso habría alguien que tuviese esa curiosa costumbre que tenía Martina. Y decidió, muy convencido, que nunca más volvería a colgarse al hombro una bolsa supermercado.
12.6.09
9.6.09
A.J.
24.5.09
Despertar
ficción
Eran las 5 am y me sorprendí viendo fotos de un desconocido en Facebook. Venía llegando de una fiesta donde nada muy importante había pasado. Tomé dos whiskeys baratos, conversé con un par de amigos, intenté llamar la atención de una chica guapa y me vine.
Las fotos eran de un chico colorín. Estaban reunidas en sets: vacaciones en Machu Pichu, licenciatura, amigos, paseos. Se repetía la foto de una chica cuya cara se me hacía familiar. Era muy linda y parecía ser su amiga. Pelo negro, piel blanca, cara risueña, cuerpo estilizado, ropa informal pero estilosa. No había por dónde pensar que podía ser su novia. Uno, porque no aparecían en ninguna actitud amorosa, y dos, porque el chico colorín era bastante feo.
Me dormí pensando en ella y al otro día desperté y lo primero que hice fue tomar el laptop que estaba tirado semi abierto a un costado de mi cama. Quería ver de nuevo a la chica de pelo negro, piel blanca, cara risueña, cuerpo estilizado y de ropa informal pero estilosa. Pero no pude. No recordaba cómo había llegado al facebook del colorín, ni tampoco su nombre ni el de la chica. Estuve 30 minutos intruseando en los amigos de mis amigos a ver si podía encontrar al maldito colorín que me llevaría a verla nuevamente. Pero no hubo caso. Nunca lo encontré.